martes, 18 de mayo de 2010
DERECHO A DECIDIR CUÁNDO Y CÓMO MORIR
Se discute en diferentes paises del mundo si las personas tienen derecho legal a decidir apresurar la hora de su muerte. Hasta ahora ese derecho sólo existe en paises como Holanda, Bélgica y Estados Unidos (Oregón y Washington). Sin embargo, la gente debería tener un derecho moral a hacerlo sin que ningún tercero se lo impida, porque de hecho toda persona tiene un derecho a mirir cuando la enfermedad hace estragos y ya no hay nada más que hacer. Sin embargo, los avances médicos han impedido que la muerte llegue a su tiempo, sino que se prolongue, causando a veces mayores sufrimientos y dolores a los pacientes que ansían morir. Porque tambien hay que reconocer que hay pacientes que desean prolongar su vida por el mayor tiempo posible, pero no es el caso en todos. Lo justo es respetar las decisiones individuales, siempre y cuando no afecte la integridad ni la paz de las demás personas. Hay quienes defienden el derecho a la vida a ultranza, sin considerar que el derecho a la vida, como considera Judith Thomsom, supone el derecho a recibir lo mínimo que se necesita para vivir. Si una persona ya no puede disfrutar de sus bines humanos más básicos, entre los que se cuenta incluso el derecho a la vida con dignidad, con salud, con capacidad y podibilidad de edicación, distracción, recreación, trabajo, y disfrtar de las amistades y familia, entonces no se puede hablar de una vida con necesidades cubiertas. Defender un derecho a vivir, simplemente por estar vivos, no tiene mucho sentido. Una vida vegetativas para muchos es vida, pero lo que entendemos como viva es una acción constante y sin impedimentos, más bien con autonomía y libertad para actuar y legir cómo y cuándo actuar y cuándo no. De modo que si, algunas personas considera que si vida, en ciertas condiciones y carente de todo lo que implique estar vivo, considera que su vida no vale la pena de ser vivida, nadie, tiene el derecho de decirle que no ni de negarle ese derecho a apresurar la hora de su muerte, porque no le corresponde decidir por otro, aunque considere que es su deber impedírselo.
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